La mano arrugada del ilusionista norteamericano David Blaine tras cinco días en un tanque lleno de agua
Todos lo hemos
experimentado alguna vez. Cuando pasamos mucho tiempo con las manos en el agua,
dándonos un baño o fregando los cubiertos, los dedos en remojo se nos quedan
arrugados como los de un anciano. Investigadores de la Universidad de Newcastle
han indagado sobre el asunto y han llegado a la conclusión de que este efecto
tiene una explicación que tiene que ver con nuestra propia evolución.
Los dedos
arrugados mejoran nuestro agarre de objetos mojados o que se encuentran bajo el
agua, de la misma forma que un neumático con surcos se aferra mejor a la
carretera. Es probable que esta capacidad les viniera estupendamente a nuestros
antepasados dedicados a recolectar frutos en entornos húmedos.
Anteriormente se
creía que las arrugas en manos y pies mojados eran el resultado del paso del agua
por la capa externa de la piel, haciendo que se hinche, pero la formación de
estas arrugas es en realidad un proceso activo. El arrugamiento distintivo está
causado por la constricción de los vasos sanguíneos debajo de la piel,
controlada por el sistema nervioso autónomo. Como es un proceso activo, debería
tener una función importante. En efecto, los científicos de Newcastle han
demostrado que puede ofrecer una ventaja.
En el estudio,
publicado en la revista Biology Letters, se pidió a voluntarios que recogieran
canicas de diferentes tamaños con las manos normales o con los dedos arrugados
después de haber permanecido en agua caliente durante 30 minutos. Eran más
rápidos con las canicas mojadas si sus dedos estaban arrugados.
Sin embargo,
los dedos arrugados no suponen ninguna diferencia a la hora de mover objetos
secos. Esto sugiere que las arrugas en los dedos de manos y pies tienen la
función de mejorar nuestro control sobre los objetos bajo el agua «o tal vez
incluso sobre objetos húmedos en general».
Como neumáticos
«Hemos demostrado que
los dedos arrugados dan un mejor agarre en mojado, lo que podría funcionar como
las huellas de los neumáticos, que permiten que más parte de la rueda esté en
contacto con el firme y se realice un mejor agarre», explica Tom Smulders,
autor de la investigación.
A su juicio, en un
tiempo remoto, las arrugas en los dedos pudieron favorecer a nuestros
antepasados para recolectar alimentos en una vegetación húmeda o en arroyos.
«El efecto en los dedos de los pies también supondría una ventaja, ya que pudo
permitirles caminar mejor bajo la lluvia».
Esto plantea la
pregunta de por qué no tenemos los dedos permanentemente arrugados. «Nuestros
pensamientos iniciales son que podría disminuir la sensibilidad en los dedos o
aumentar el riesgo de daños cogiendo objetos», apunta Smulders, que no descarta
nuevos estudios al respecto.
Fuente: ABC.ES
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